Hola a todos, soy yo, y hoy quiero hablarles de algo que nos afecta a todos, pero que a veces simplificamos demasiado: el efecto invernadero. Sí, sé que lo primero que se nos viene a la mente es el dióxido de carbono y los coches, ¿verdad? Pero la verdad es que la historia es mucho más compleja, y entenderla en su totalidad es crucial para abordar el cambio climático de manera efectiva.
Imagínense la Tierra como una gigantesca casa de cristal. La luz del sol entra, calienta el interior y una parte de ese calor se queda atrapada. Eso es, a grandes rasgos, el efecto invernadero. Es un proceso natural y absolutamente necesario para que nuestro planeta tenga una temperatura habitable. Sin él, la Tierra sería un cubito de hielo y la vida, tal como la conocemos, no existiría.
El problema surge cuando intensificamos este efecto natural. Y aquí es donde entran los gases de efecto invernadero (GEI). El dióxido de carbono (CO2) es el más conocido, y con razón. Desde la Revolución Industrial, su concentración en la atmósfera ha aumentado drásticamente debido a la quema de combustibles fósiles, la deforestación y otras actividades humanas. Pero, ¿y si les digo que hay otros "villanos" menos mediáticos pero igualmente poderosos?
Por ejemplo, el metano (CH4). Este gas es mucho más potente que el CO2 en su capacidad de retener calor, aunque su vida útil en la atmósfera es más corta. ¿De dónde viene? Principalmente de la agricultura (ganadería, cultivo de arroz), los vertederos y la extracción de gas natural. Luego tenemos el óxido nitroso (N2O), un subproducto de los fertilizantes nitrogenados y algunos procesos industriales, ¡y es aún más potente que el metano!
No podemos olvidarnos de los gases fluorados (HFC, PFC, SF6), que aunque se emiten en menores cantidades, son miles de veces más potentes que el CO2 y permanecen en la atmósfera durante muchísimo tiempo. Estos se utilizan en refrigerantes, aerosoles y en la industria electrónica.

No hay comentarios:
Publicar un comentario