Desde que tengo uso de razón, he escuchado hablar del cambio climático. Al principio, era una preocupación lejana, algo que afectaba a osos polares y capas de hielo. Pero a medida que pasaban los años, el tema se fue acercando, tocando a mi puerta y a las puertas de quienes me rodean. Hoy, no puedo evitar preguntarme: ¿quién realmente está pagando el precio más alto por esta crisis?
No es un secreto que las emisiones de carbono provienen principalmente de países industrializados, naciones que han construido su riqueza y desarrollo sobre el consumo masivo de combustibles fósiles. Y, sin embargo, cuando miro las noticias, veo que son las comunidades más vulnerables, aquellas que han contribuido mínimamente a este problema, las que están sufriendo las consecuencias más devastadoras. Pequeñas islas que desaparecen bajo el mar, sequías prolongadas que arruinan cosechas en África, inundaciones extremas que desplazan a millones en Asia. La lista es interminable y desgarradora.
Recuerdo haber leído sobre un pescador en una pequeña isla del Pacífico. Toda su vida, su sustento y el de su familia dependieron del océano. Pero el aumento del nivel del mar y la acidificación de las aguas han destruido sus medios de vida, obligándolo a él y a su comunidad a abandonar sus hogares, sus tradiciones y su historia. ¿Es justo que pague por algo en lo que apenas ha tenido participación? ¿Es justo que los países que más se han beneficiado de la industrialización sean los menos afectados por sus consecuencias inmediatas?
Esta desigualdad me revuelve el estómago. La justicia climática no es solo un concepto abstracto; es una necesidad urgente, una cuestión de derechos humanos. Se trata de reconocer que las cargas y los beneficios de la acción climática deben distribuirse de manera equitativa. Implica que quienes han contribuido más al problema tienen una mayor responsabilidad de liderar la solución, no solo en la reducción de emisiones, sino también en el apoyo a las comunidades afectadas para que puedan adaptarse y reconstruirse.
A menudo me siento impotente, pensando que mi voz es solo una gota en un océano. Pero he aprendido que cada gota cuenta. Conversar con amigos y familiares, informarme, apoyar iniciativas que promueven la justicia climática y, sí, incluso elegir consumir de manera más consciente, todo suma. No podemos seguir ignorando la realidad de que el cambio climático es una crisis de desigualdad. Es hora de levantar la voz y exigir que se haga justicia, porque al final del día, todos estamos en el mismo barco, pero algunos están remando contra una marea mucho más fuerte.
.jpg)



.jpg)

